“Cuidado los que se acercan al lavadero de noche porque ronda por ahí una anciana larguirucha y de luto que amenaza con clavarte sus colmillos..”...
En el pueblo decían que, pasadas las doce, el lavadero viejo no era sitio para cristianos. Las abuelas lo repetían mientras fregaban las ollas: «Después de las doce, ni te asomes».
Marina no creía en esas cosas. Aquella noche de luna llena volvía tarde de la verbena con los zapatos en la mano, y el camino más corto pasaba justo por delante del lavadero. Lo oyó antes de verlo: un golpeteo húmedo y rítmico, de tela mojada contra la piedra. Plas, plas, plas.
Ninguna vecina lava a esas horas, pensó, y se asomó.
Junto a la pila había una mujer inclinada, tan alta y flaca que parecía que le sobraran huesos. Iba entera de luto, con un pañuelo negro anudado bajo la barbilla y unas manos largas y arrugadas que retorcían una sábana sin descanso. El agua corría roja entre sus dedos. Por mucho que frotaba, la mancha no se iba.
—Niña —dijo sin volverse, con una voz seca como hoja de parra—, ayúdame a escurrir esto, que yo sola no puedo.
A Marina se le heló la sangre. Había oído esa historia de pequeña, pero siempre contada con otro nombre y otra sierra. La lavandera de la noche pide ayuda a quien pasa. Si se la das con torpeza, te rompe el brazo, y si te niegas, te arrastra al agua. Y lo peor de todo es que la sábana que lava es la de alguien que está a punto de morir.
—No… no puedo —balbuceó Marina, y dio un paso atrás.
La anciana se enderezó despacio, y no terminaba de levantarse nunca. Giró la cabeza y la luna le iluminó el rostro: la piel amarilla y cuarteada, los ojos enrojecidos y, al abrir la boca en una sonrisa, dos colmillos largos y amarillos que goteaban agua del lavadero.
—Todas dicen que no pueden —susurró—. Pero la sábana lleva tu nombre.
Marina no recordó después cómo echó a correr. Sintió el roce de unos dedos helados en la nuca y oyó a su espalda aquel plas, plas, plas, cada vez más cerca, hasta que cruzó el portón de su casa y cerró de golpe.
A la mañana siguiente el pueblo amaneció en calma. En el lavadero no había rastro de nadie, solo el banco de piedra mojado y, sobre el borde de la pila, una sábana blanca perfectamente escurrida y doblada. En una esquina tenía unas iniciales bordadas con hilo rojo.
Eran las de la abuela de Marina.
La mujer murió a la semana, en paz, mientras dormía. Desde entonces nadie vuelve a poner un pie en el lavadero pasada la medianoche. Dicen que, si te acercas en las noches de luna llena, aún se oye el golpeteo de la ropa, y que si miras de reojo ves a una anciana larguirucha y de luto que te llama con voz seca:
—Ayúdame a escurrir, niña. Que esta sábana ya tiene dueño.

BIBLIOGRAFÍA
- -Alfonso García, «Lavanderas míticas».
- -Diario de León:
- - las lavanderas de la noche en la tradición gallega y celta, con sábanas manchadas de sangre que anuncian una muerte.
- -«Ar Cannerez Nos: Violent French Washerwomen» (Slap Happy Larry):
- -las lavanderas nocturnas que piden ayuda a los transeúntes y castigan al que se niega o ayuda mal.
- -«¿La has visto? La lavandera eterna que sigue apareciendo en Tequila Jalisco»,
- -TV Azteca Jalisco: la leyenda de Doña Félix y los lavaderos antiguos.
⚠️ Imagen de portada creada con IA como recreación ilustrativa. Representación sintética que pueden diferir de la realidad en detalles visuales, proporciones o contexto.
















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