“Como toda historia maravillosa que se adentra en la oscuridad de los siglos, el descubrimiento del tesoro ha sido trasladado oralmente con dos versiones principales, y también ha sido recogida como una cuento más de las que permanecen en las tierras alicantinas. La investigadora local Natividad Martínez Llorens, en su libro Sella, historia y costumbres (1987) ofrece las dos interpretaciones”...
Las leyendas populares tienen la virtud de nacer en los rincones más cotidianos como, una posada de paso, un mercado, un camino de herradura. La historia del agüelo Giner arranca precisamente así, en un hostal de Alicante, donde el destino cruzó los pasos de un hombre humilde de Sella con dos viajeros moros de identidad y propósito inciertos.
Giner había bajado a la ciudad, como tantas otras veces, a vender cerezas. Nada distinguía aquel viaje de los anteriores hasta que, en la posada, coincidió con dos forasteros que portaban consigo un documento cuya lectura parecía preocuparles. Le preguntaron si sabía leer. Y aquí es donde el relato revela el primer rasgo del carácter del protagonista: mintió. Dijo que no, cuando en realidad sí sabía hacerlo.
Aquella pequeña mentira, aparentemente inocente, sería la bisagra sobre la que giraría toda la historia.
Confiados en la supuesta analfabetización de su acompañante circunstancial, los moros le pidieron que sostuviera el candil para que ellos pudieran leer el documento a su luz. Giner aceptó sin dejar traslucir su verdadero interés. Mientras sostenía la llama, sus ojos —y su memoria— hacían el trabajo que sus interlocutores jamás sospecharon.
El papel hablaba de un tesoro. Un tesoro enterrado en las inmediaciones de la cueva del Divino, en un punto muy concreto: allí donde el sol raya a las ocho de la mañana. Esa precisión, casi poética, es típica de las leyendas de tesoros escondidos, que suelen fijar su ubicación no mediante coordenadas, sino mediante fenómenos naturales y repetibles, como la luz del amanecer incidiendo en un lugar exacto durante una hora determinada.
Giner guardó silencio. Había leído lo que no debía, y ahora poseía un conocimiento que sus acompañantes ignoraban que él tenía.
Al enterarse de que Giner residía en Sella, los dos viajeros vieron en él algo más que un simple guía ocasional y fue una oportunidad. Le propusieron que los condujera hasta su casa, prometiéndole una buena paga por sus servicios. Giner, que ya albergaba sus propios planes, accedió.
El trayecto se prolongó hasta caer la noche, y al llegar a la finca, actuó como buen anfitrión y los invitó a cenar y a pasar la noche bajo su techo. Los forasteros, ajenos por completo a que su secreto ya no lo era, aceptaron de buen grado la hospitalidad.
Aquí la leyenda alcanza su punto de mayor tensión narrativa. Giner fingió acostarse, dejando que el silencio y el sueño —al menos aparente— se adueñaran de la casa. Pero no dormía solo esperaba. Su mente repasaba una y otra vez las palabras leídas al resplandor del candil, seguro ya del lugar exacto donde debía de encontrarse el tesoro.
Cuando consideró que sus huéspedes dormían profundamente, se levantó con el mayor sigilo posible. Salió de la casa, tomó la mula del corral y se internó en la oscuridad en dirección al paraje que su memoria le señalaba las inmediaciones de la cueva del Divino, en el punto exacto donde el sol raya a las ocho de la mañana.
La búsqueda dio su fruto. Giner encontró el lugar, desenterró el arca que contenía el tesoro y la cargó sobre el lomo de la mula. El animal, según cuenta la tradición oral, no resistió el peso de la carga y reventó por el esfuerzo, una imagen que subraya, con la crudeza propia del relato popular, la magnitud de la fortuna hallada.
Como tantas otras leyendas de tesoros escondidos que salpican la geografía española —y muy especialmente la Comunidad Valenciana, con sus cuevas, barrancos y vestigios de la presencia morisca—, la historia del agüelo Giner combina varios elementos recurrentes del género segun el documento cifrado o secreto, el personaje aparentemente ingenuo que en realidad es astuto, la hospitalidad que se convierte en trampa, y la ubicación del tesoro ligada a un accidente geográfico real, en este caso la cueva del Divino, cerca de Sella.
Más allá de su valor como simple anécdota, el relato retrata un imaginario colectivo en el que el ingenio del hombre corriente triunfa sobre el forastero, y en el que la palabra escrita —el saber leer— se convierte en la auténtica llave del tesoro, por encima incluso del oro enterrado. Giner no venció con la fuerza, sino con la astucia de callar lo que sabía en el momento justo.
Sella, con su entorno de montaña y sus cuevas, sigue siendo hoy escenario de este tipo de tradiciones que forman parte del rico acervo legendario de la Marina Baixa, transmitidas de generación en generación como un patrimonio inmaterial tan valioso como el propio tesoro que protagoniza la historia.Artículo elaborado a partir de la busqueda de fuentes divulgativas pertenecientes a la Web por META IA
CREDITOS
- REDACCIÓN: CLAUDE IA Copyright ©
- FOTOGRAFÍA DE PORTADA: Generada IA - CHATGTP ®
- PUBLICADO EN: Historias y Leyendas Copyright ©
- LINK: historiasyleyendas Copyright ©
- TITULO DE LA PUBLICACIÓN: Las heridas de Almanzor. ®
- FECHA DE LA PUBLICACIÓN: 26/10/2000 a las 12:42.
- Para Copiar o usar las publicaciones etc. Contacte con el autor están sujetas a licencia pertinente. ®
- ALGUNAS FOTOGRAFIAS/ILUSTRACIONES PUEDEN ESTAR TRATADAS O REALIZADAS CON IA, ®
















0 Comentarios