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“Cuentan en tierras valencianas que hubo una noche en que una casa entera se negó a dormir. Había baile, y no uno cualquiera; los mejores pies de la comarca se habían quitado las alpargatas para no levantar polvo y rodaban de puerta a puerta como una honda, mientras los guitarristas se pasaban el porrón en el rincón de la lumbre. Se les oía desde media hora de distancia.”...

Hace mucho, muchísimo tiempo, en un pueblo de tierras valencianas, había una casa donde siempre se bailaba.
No era una casa cualquiera. Allí vivían los mejores bailadores de toda la comarca: las abuelas de pies ligeros, los primos que daban saltos como cabritillas, las vecinas de las castañuelas rápidas. Y en el rincón, junto a la lumbre, se sentaban los músicos con sus guitarras y una jarra de mosto que pasaba de mano en mano.
Aquella noche había fiesta grande. Cerraron las puertas, se quitaron las alpargatas para no levantar polvo y empezaron a girar: ras, ras, ras, de la puerta de la calle a la puerta del corral, y vuelta a empezar. Las guitarras sonaban tan fuerte que se oían desde media hora lejos.

—¡Otra, otra! —gritaban todos—. ¡Que no pare la música!

Pero en la casa de al lado pasaba algo muy distinto. Allí, en una cama, había un abuelito muy enfermo, y toda su familia lo acompañaba en silencio, cogiéndole la mano. Sabían que esa sería su última noche, y mandaron llamar al señor cura.
El cura se levantó de la cama, se puso el abrigo y salió a la calle con el Santísimo. Delante iba el monaguillo, agitando una campanilla: tilín, tilín, tilín.

Esa campanilla era una forma de decir a todo el pueblo: «Hagan silencio, por favor. Alguien nos necesita».

En aquel tiempo, cuando sonaba, la gente se paraba en plena calle y se arrodillaba, aunque estuviera cargando cántaros o llevando una gallina bajo el brazo.
Tilín, tilín. La campanilla pasó justo por delante de la casa del baile.
Y dentro, nadie la oyó... o, mejor dicho, nadie quiso oírla.

—¡Otra vuelta! —rieron los bailadores.

Y siguieron, y siguieron, y siguieron.
Entonces ocurrió algo muy extraño. Cuando la campanilla se alejó calle abajo, el pie de uno de los bailadores subió un poquito... y ya no bajó del todo. Quedó a un palmo del suelo.

—¡Mirad! ¡Estoy flotando! —dijo, muerto de risa.

Todos se echaron a reír. Alzaron otra vez los pies, y subieron otro palmo. Y otro. Y otro más.

—¡Qué ligeros somos! ¡Qué divertido! —cantaban, y la fiesta se hizo todavía más alegre.

Subían y subían, con los brazos en alto y las castañuelas sonando, hasta que casi tocaron el techo. Esquivaron una viga agachando la cabeza, se colaron por el hueco de la escalera, y los músicos, queriendo seguirlos, se metieron por la chimenea con las guitarras y la jarra de mosto, pasándosela de uno a otro.
Y allá arriba, en lo alto del tejado, se encontraron todos juntos; bailadores y músicos, bajo las estrellas.

—¿Y ahora cómo bajamos? —preguntó la más pequeña.

Pero nadie supo responder. Por más que estiraban los pies, el suelo ya no los quería. Se miraron un momento, un poquito asustados. Después, como no sabían hacer otra cosa, volvieron a bailar. Y así se fueron, flotando sobre los tejados, sobre los campos de naranjos, sobre el mar, dando la vuelta al mundo entera, cantando y riendo.
Dicen que todavía van. Dicen que, en las noches de verano, cuando el viento trae un trocito de música que no sabes de dónde viene, son ellos, el Trib Real, la tribu que vuela. Y dicen que si algún día alguien les enseña a escuchar la campanilla de verdad, podrán por fin bajar a tierra y descansar.
Así que, la próxima vez que oigas una campanilla a lo lejos, o a alguien que necesita silencio, o simplemente a alguien que te pide que bajes la voz...

...párate un momento. Escucha.

Porque el mejor baile del mundo es el que sabe cuándo hacer una pausa.

Y colorín colorado, este cuento... ¡no se ha acabado! Que el Trib Real sigue bailando.

Esta historia está basada en la leyenda valenciana del trib real, recogida por Joan F. Mira en su artículo «El trib real» (El Temps, agosto de 2006). En la leyenda original, la colla sigue su baile aéreo hasta que Dios diga basta. En esta versión se ha suavizado el castigo para los más pequeños. Para conversar después de leer: ¿Por qué no oyeron la campanilla? ¿Qué podemos hacer nosotros cuando alguien necesita silencio? ¿Cómo creéis que se sentían flotando tan alto?

BIBLIOGRAFÍA

  1. -Mira, Joan F. «El trib real», sección El temps que corre, El Temps, agosto de 2006.
  2. -Mira, J. F., ibid., que remite al Diccionari Alcover-Moll y a la Rondalla de Rondalles (c. 1760).
  3. -«Los bailarines irreverentes (dos pliegos sueltos)», EPOS, UNED.
  4. -Esta historia está basada en la leyenda valenciana del trib real, recogida por Joan F. Mira en su artículo «El trib real» (El Temps, agosto de 2006)
  5. -En la leyenda original, la colla sigue su baile aéreo hasta que Dios diga basta. En esta versión se ha suavizado el castigo para los más pequeños.
  6. -Para conversar después de leer.
NOTAS AL MARGEN: Lo más humano de esta historia es que nadie sale como villano de cuento. No hay brujas ni pactos. Solo gente buena para el jolgorio que, por un instante, no supo escuchar una campanilla. Joan F. Mira la recordó en 2006 como «ejemplo y advertencia» para quienes arman gresca en el espacio público, con bastante humor.[1] El trib real, además, ya era viejo: aparece mencionado en la Rondalla de Rondalles, atribuida a Lluís Galiana y editada hacia 1760 por Carles Ros.
Artículo y extraído y redactado por la inteligencia artificial de Claude AI.
Redactado:    https://claude.ai/new


TEXTOS: Claude AI © | El Trib Real, la colla que no quiso parar | Copyright ©️