“Es el recuerdo de San Nicolás de Bari, el entrañable patrón de Alicante, cuya figura histórica y legendaria dio origen, siglos más tarde, al mito universal de Papá Noel.”...
Cuentan los más viejos marineros de Alicante que, mucho antes de que el mundo conociera al hombre vestido de rojo que reparte regalos en la noche más fría del año, hubo un obispo de mirada bondadosa que caminó por estas tierras dejando tras de sí un rastro de milagros y buenas obras.
Se llamaba Nicolás, y había nacido lejos, en la costa de Asia Menor, allá por el siglo III. Desde niño mostró una generosidad que asombraba a quienes lo rodeaban: repartía su pan entre los pobres, defendía a los débiles y, según las crónicas antiguas, llegó incluso a devolver la vida a tres jóvenes que habían sido injustamente asesinados. Por todo ello, el pueblo empezó a llamarlo protector de la infancia, el santo que jamás dejaba a un niño sin consuelo.
La leyenda alicantina cuenta que sus huesos, tras muchos siglos de peregrinar entre reliquias y templos, encontraron un hogar simbólico en la ciudad blanca del Mediterráneo. Alicante lo adoptó como patrón, y desde entonces cada año, cuando diciembre pinta de frío las calles, se recuerda que fue precisamente un cuatro de diciembre —cuenta la tradición— cuando el rey conquistador entró en la ciudad y decidió, apenas dos días después, levantar un templo dedicado a este mismo santo sobre las ruinas de una antigua mezquita.
Pasaron los siglos y el nombre de Nicolás viajó más allá de lo que él mismo pudo imaginar. Los mercaderes holandeses, que surcaban los mares y conocían bien los puertos del Mediterráneo, se llevaron consigo la devoción hacia aquel obispo bondadoso. Lo rebautizaron como Sinterklaas, y con él construyeron una tradición nueva; la de un anciano que, en la noche del cinco de diciembre, recorre los tejados dejando regalos a los niños que se han portado bien.
Cuenta la leyenda que, cuando los colonos neerlandeses cruzaron el océano para fundar Nueva Ámsterdam —la ciudad que con el tiempo se convertiría en Nueva York—, llevaron consigo esta costumbre como quien lleva un pedacito de su tierra. Y así, sin saberlo, sembraron en el nuevo continente la semilla de lo que siglos después el mundo entero conocería como Santa Claus.
Dicen los ancianos que en aquella época remota, cuando España gobernaba territorios que se extendían por medio mundo, el rey de los Países Bajos era también monarca español. Por eso, aseguran, se entrelazaron las historias: el santo venerado por los holandeses y el patrón de una ciudad mediterránea terminaron siendo, en la memoria colectiva, la misma figura legendaria, nacida —según quieren creer algunos— bajo el sol de Alicante.
Sin embargo, la leyenda no terminó ahí. Cuando el siglo XX asomaba con sus grandes inventos y su afán de vender hasta los sueños, una compañía de refrescos descubrió a aquel viejo santo, ya casi olvidado por muchos, y decidió darle una nueva vida. Lo vistieron de rojo y blanco, los colores de su marca, le regalaron un trineo tirado por renos y lo instalaron a vivir en el Polo Norte, entre nieves eternas que jamás había pisado en vida.
Fue así como nació el Papá Noel que hoy conocemos: rollizo, de barba blanca y sonrisa eterna, símbolo de una Navidad comercial que muy pocos relacionan ya con aquel obispo humilde de Mira. Pero los alicantinos, guardianes de la memoria antigua, se resisten a olvidar el origen verdadero de la historia.
Cuentan que, en las noches más frías de diciembre, cuando el viento de levante sopla sobre el puerto y las luces de la ciudad se reflejan en el mar, todavía puede sentirse el eco lejano de aquel santo caminando entre las callejuelas del casco antiguo, como si quisiera recordarnos que, antes de los renos, antes del trineo y antes del traje rojo diseñado por una fábrica de refrescos, hubo un hombre de carne y hueso que solo quiso hacer felices a los niños.
Y así, entre historia y leyenda, entre verdad y fantasía, se teje el relato que muchos alicantinos cuentan con orgullo cada Navidad; que el primer Papá Noel, el auténtico, el original, tuvo su cuna espiritual en las tierras de Alicante, mucho antes de que el mundo entero lo convirtiera en el símbolo universal de una noche mágica llena de regalos y de sueños cumplidos.
Quizás no sea del todo cierto que naciera aquí, pero como toda buena leyenda, esta historia no busca la exactitud de los libros, sino el calor de la tradición; ese hilo invisible que une a un obispo del siglo III con un anciano bonachón que, cada veinticuatro de diciembre, sigue haciendo soñar a los niños de todo el mundo.Artículo elaborado a partir de la busqueda de fuentes divulgativas pertenecientes a la Web por CLAUDE IA
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- TITULO DE LA PUBLICACIÓN: El primer Papá Noel fue alicantino. ®
- FECHA DE LA PUBLICACIÓN: 26/08/1960 a las 11:42.
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