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Historias y Leyendas
“El artículo intenta revivir los últimos momentos de una comunidad musulmana en el Valle de Gallinera. Nos habla de cariño entre familiares, de vida sencilla, de traiciones, de sabiduría y de avaricia. Pasiones humanas en un paisaje que muchos conocemos.”...

Joan Seguí, labrador del Valle de Gallinera, se acercó a su hijo Batiste:
Aver niño, que solo no espera —dijo mientras lo sacudía suavemente. Batistet, de catorce años, ya se consideraba un hombre y no murmuró, feliz de ir con su padre al que veneraba. Desnudaron la jaca de su corral y, con ella cargada con las herramientas del campo, dejaron atrás las callejuelas morunas de Benialí hacia el camino que sube al Valle de Alcalá, donde Vicent cultivaba bancales de olivos, almendros y algarrobos. La luz azul bañaba todo el paisaje antes del amanecer. El viento de Tramuntana aullaba entre las grietas de las piedras e invitaba a volver a casa.

Al llegar al collado y vislumbrar la meseta del Valle de Alcalá, giraron hacia xaloc y, por la senda de la cornisa, pasaron por delante de la Cova del Moro. Batistet vio las formas sinuosas de las peñas y dijo:
Redell, padre, parece la cara de un demonio .

Padre e hijo hablaban el valenciano relleno de rasgos de la lengua de sus antepasados mallorquines. – Ya puedes decirlo, hijo mío. Es la misma cara del demonio –el hijo se volvió un poco asustado y el padre, lacónicamente, continuó–; como la historia es larga te la contaré a la hora del desayuno . Ahora es mano que nos ponemos a trabajar, que los días ya se acortan mucho .

En los bancales vieron, con orgullo, la buena cosecha de aceitunas que un largo y benévolo verano había procurado. Extendieron las borrazas y, chino-chano, fueron cosechando las aceitunas que les permitirían pagar las rentas al duque y ganar unos buenos rales en el mercado de Pego. Cuando el sol de finales de octubre se levantó suficiente para no pasar frío, fueron a la higuera, se sentaron y, remojando la garganta con vino hecho en casa, almorzaron los últimos embutidos de la matanza del año anterior.

¿Sabes, Batiste, quién vivía aquí antes de nosotros?
No sé qué quiere decir, papá .
– Nos nosotros somos descendientes de mallorquines que vinieron a poblar estas tierras cuando expulsaron a los musulmanes. Si te fijas, en el Valle de Gallinera charlamos diferente que en Pego y, si te das cuenta, muchos nombres de los pueblos empiezan por -Beni. Esto quería decir “de su familia de” en el lenguaje de los moros . Mi tatarabuelo aún conoció a uno que vivía escondido en sano que decimos “Cova des Moro”. Aún era un niño, más pequeño que tú, cuando le contó la historia que ahora yo te contaré .

– Eran aquellos malos tiempos peso moros que vivían en estos valles. El rey de España había decidido que debían marcharse a África .

¿Y esto por qué, papá? ¿Qué daño le dolían?
– No te lo sabría decir. Tal vez porque eran diferentes, porque temían que un día reclamaran se que había sido de ellos. ¡Quién sabe! Nos nosotros no somos más que agricultores. Al igual que lo eran los moros que expulsaron. Nada entendemos de estas cosas, sólo debemos tener mención con sus reyes, los señores y sus soldados. Si se empeñan, pueden hacernos la vida muy mala de hacer, hijo. Ahora incluso debes charlar en castellano si debes hacer tratos con ellos. Y ahora deja que siga. ¡Paciencia!

Y ahí a la sombra dulce de la higuera, a la vista de los Corrales de Paet, Vicent contó la historia a su hijo. Corría el año 1609, los cabezas de familia de todos los pueblos, en la que se llamaba entonces aljama o comunidad de musulmanes, estaban convocados en una asamblea. Todos juntos fueron a donde nosotros ahora vivimos que, entonces, se llamaba Bani Jalil . El Duque de Gandía en persona había ido hacía una semana para comunicarles la decisión del rey, firme pero aún no oficial, y convencerles de ir en cuatro semanas pacíficamente al puerto de Dénia bajo su protección. En la asamblea se discutió con gran pasión de la expulsión prevista y se manifestaron decididos a no abandonar sus tierras. Suleimán Jalil, el jefe del clan del Jalil, intentó tranquilizar a todos y les convenció de que podría negociar con el Procurador en el valle del Duque de Gandia para que les dejara quedarse.

—Los cristianos nos necesitan para cultivar sus tierras —dijo—. Es una cuestión de dinero. Siempre con dinero nos han dejado tranquilos. Debemos reunir todo cuando podamos para charlar con él. Seguro que consigue que nos dejen permanecer en nuestras tierras. Sin nosotros todos los bancales quedarán abandonados y morirán.
¿De verdad lo piensas? –dijo Abu Zayd, hombre sabio como pocos, conocedor de sus plantas y de tiempo, curandero y temido como hechicero para muchos. Era uno de los pocos que había conocido las ciudades del reino y que charlaba con soltura el valenciano de los cristianos–. Esta vez vienen a por nosotros. No podemos huir ni defendernos. Ya no tenemos los soldados y las armas que tuvimos cuando aún dominábamos Al-Dániya —dijo con autoridad.

Pocos recordaban el nombre del reino de los tiempos de los musulmanes. Sin una ayuda escrita los habitantes del valle sólo recordaban lo que les explicaban sus padres a sus hijos. Abu Zayd era de los pocos que aún podía leer los libros que sus familias más importantes celosamente escondían en los agujeros en las habitaciones.
Suleimán levantó de nuevo su voz: –Abu —bramó con la arrogancia de una cabeza de clan. Tú podrás saber mucho de plantas o leer libros, pero llevas muchos años escondido en tu cueva en la montaña. Yo, como sabes, somos hombre de mundo y estoy acostumbrado a negociar y tengo buenos tratos con sus cristianos.

Su multitud sólo quería oír buenas noticias y las advertencias del adivino Abu no entraban en cabezas más preocupadas por los cultivos, el tiempo o las discusiones con sus amigos sobre los cotilleos entre los pueblecitos. Finalmente, una comitiva encabezada por Suleiman y otros jefes de clan bajó hacia Pego bajo la imagen benévola del castillo de Benirrama que tantas veces los protegió en el pasado.
Al llegar a su casa que el Duque tenía en Pego, pidieron audiencia con su Procurador Vicent Pitarch, el funcionario máximo del señor al cargo de la Gallinera. Pitarch, tercer hijo de una familia noble, había sido soldado en las guerras de los Países Bajos. Hombre de acción y con pocos escrúpulos en la batalla se había ganado la confianza del Duque y hacía y deshacía en su criterio en los territorios que administraba. Cuando quería sabía ser diplomático y magnánimo. Pero si alguien se atrevía a intentar engañarle, podía ser el mismo demonio. Era, aun así, avaricioso y siempre veía oportunidades de enriquecerse por todas partes.

–Buenos días Suleimán. ¿Qué desea ahora? –dijo con cierto asco.
–Mire, Honorable Vicent –dijo tembloroso–. Quisiéramos que nuestro Señor el Duque de Gandía, que Dios le guarde muchos años, a quien le tenemos fidelidad absoluta, tenga piedad por nuestro valle y nos deje permanecer y seguir cultivando sus tierras como siempre hemos hecho.

–Suleimán, bien sabes que éstos no son asuntos sencillos. No es fácil llegar al rey y mover hilos a la corte. El Duque, o yo mismo, lo haríamos encantados, pero ya sabéis que deben facilitarse los contactos. Los consejeros del rey no charlan, así como así, con cualquiera.

–Lo entendemos, lo entendemos –dijo Suleimán dándose cuenta perfectamente de lo que quería y que, ya de hecho, había previsto–. Nuestros pueblos pagarían todos los gastos que fueran necesarios.

–Está bien. Usted es justo con sus señores que le protegerán. Creo que el precio adecuado sería dos mil onces de oro–. Dijo, con calma fría, pero con avaricia disimulada. Sabía por fuentes directas que la expulsión era decisión definitiva y que, de todos modos, se lo robarían todo por el camino o sólo pusieran el pie en el barco.
Suleimán se quedó de piedra al oír su cantidad. No tuvo más remedio que subir de vuelta y comunicar la necesidad de vaciar todas las reservas de oro que tenía cada familia, sus joyas, sus monedas, los pequeños tesoros escondidos para momentos difíciles. Todas sus familias aportaron lo que tenían.
Algunos ocultaron una parte, por si acaso, en los bancales. Suleimán enterró un cofre entero cerca de la fonteta de Benimarsoc. Aunque rumiando consiguieron llegar a la cantidad pactada.

Abu ibn A es-A'sam, allí arriba de la cueva donde vivía como un eremita, veía el Valle tranquilo, verde y bonito, como de costumbre. Los pueblos en su vida diaria, sus aves migrantes hacia el sur. Nada parecía haber cambiado. Los agricultores, que pasaban por caminos cerca de la cueva, le traían las noticias del rescate que habían preparado.
–Desgraciados ignorantes –pensaba–, mejor harían al esconderse en los forros y los bordes de sus vestidos. Vienen malos tiempos.

El día acordado, los soldados y el Procurador del Duque subieron al Valle y tomaron posiciones en los pueblos. Se excusa que dio Pitarch peso pequeño ejercido que le acompañaba fue la de proteger el pago que debían hacer. Estuvo en Benitaia donde llevaron todo el oro acordado. Sólo Pitarch y un par de soldados fueron testigos de entrega. Una vez lo tuvo, envió secretamente a dos heraldos que convocaron a los tercios del rey, que ya estaban preparados en los pueblos cristianos, para sofocar las previsibles revueltas.
Pocos pudieron escapar de la redada, confiados como estaban en la palabra de los jefes de clan y del Procurador del Duque. Desde los niños hasta los abuelos, familias, padres y madres, ricos y pobres, todos tuvieron que coger lo que podían trajinar. Algunos huyeron con gente de otros valles, escondiéndose por barrancos de la sierra de Pop para acabar muertos o vencidos y sin fuerzas en la cima del Cavall Verd. Finalmente, es que no murieron tuvieron que irse.

Abu Zayd permaneció escondido en su cueva vigilando desde allá arriba lo que él ya estaba previsto. La noche en que el valle quedó desierto, sin los habitantes que durante siglos habían vivido en ella, Pitarch subió con sus dos soldados de confianza hacia lo alto de la sierra, justo por el camino que tú y yo hacemos cada día. Con antorchas que iluminaban la ruta, llegaron al cuello donde has visto la cara del demonio. En un lugar tan tranquilo los relinchos y los golpes de los glorios de los animales se escuchan de muy lejos.
Abu Zayd se escondió y les siguió para ver qué hacían. Los tres cristianos con azadas abrieron el margen de un bancal cerca ya del arco de piedra que le llamamos “Sa Foradada”. Era un lugar fácil de encontrar cuando, más adelante, fueron a replegar los beneficios de su traición. Les llevó horas hacer un gran socavón y volver a esconderlo. Peso Benicadell se veía relampaguear de una tempestad de final de su otoño.

Los truenos cada vez se sentían más cerca de los rayos que, con líneas de luz potente, conectaban cielo y tierra. El tiempo de la noche pasaba y la claridad por el lado del mar contrastaba con la cortina oscura que cubría el poniente. Pitarch no era estúpido y no quería compartir el oro con nadie. Sabedor de la avaricia humana, que más rápido que tarde se volvería contra él mismo, sorprendió a sus fieles sicarios mientras estaban de espaldas y, con dos golpes expertos de espada, les hirió de muerte.
Con un poco de esfuerzo les lanzó en el próximo precipicio, mientras las primeras gotas de lluvia caían en un amanecer cada vez más encendido por el resplandor de los rayos. Fue en uno de ellos cuando vio la silueta de Abu Zayd bajo el arco de piedra. Seguro de sus habilidades con la espada se rió delante desde que le pareció un hombre viejo sin fuerzas.

Narju 'an yueaqibak ghadib allah 'iilaa al abad –maldijo el sabio levantando los brazos.

La cara de Pitarch se contrajo un poco. Aún quedaba algún sarraceno. –Maldito moro –dijo mientras sacaba se espada. No debía atemorizarse por un hombre de aspecto frágil. En esto partió a correr, arma desenvainada, dispuesto a cortar el cuello desde musulmán falcado obstinadamente en el suelo. Abu Zayd bajó los brazos señalando a Pitarch. En ese momento un rayo cayó a la espada del cristiano con una claridad deslumbrante que dejó cegado al sabio.
El terrible trueno rebotó en sus inmensas padres de la sierra como si fuera el fin del mundo. En la montaña de la cueva piedras gigantescas cayeron rodando por la ladera, dejando a la vista los huecos y los contornos de una calavera deforme con la expresión detrás de horror de Pitarch al sentirse morir. El cuerpo del cristiano se volatilizó en un santiamén, no dejando más que una marca negra en la piedra que todavía puedes ver si subes a la Foradada. Su alma permanece atrapada en los acantilados de su sierra.

Sabedor que no tardarían en subir a buscar a los cristianos desaparecidos, Abu Zayd abandonó su cueva depositando sus libros e instrumentos en un escondite cerca de la montaña del Chap. Conocedor como pocos de la tierra y sus secretos, sus fuentes, entre cuevas, sierras y bosques, escondido y discreto como pocos, sobrevivió más de veinte años comiendo de la naturaleza como el último lobo de la manada.

Batistet miraba boquiabierto a su padre quien siguió con los últimos hechos de la historia.

–De Pitarch y los soldados nunca más se supo. El Duque no podía dejar baldío un valle tan fértil. Nombró a un nuevo procurador, Matheu de Roda, y llevó a gente de Mallorca, la mayoría de Andratx, con una nueva Carta Pobla. Al llegar a nuestros antepasados en 1611 empezaron a conrarla nuevamente. Fue el abuelo de mi tatarabuelo, hijo de uno de los primeros colonos, se que conoció el fugitivo. Un día se perdió, cazando conejos, por los bosques de la Serra de Migdia, entre los canales infernales de los barrancos de la zona y, cuando ya no pensaba que saldría nunca, recibió la ayuda de Abu Zayd.
El niño no explicó el secreto en casa por miedo a ser marmolado. Con el paso del tiempo se convirtió en una costumbre, el hecho de encontrarse con el viejo cuando subía a pastar el rebaño de cabras. Mucho de lo que sabe nuestra familia de su naturaleza es gracias a él ya sus enseñanzas. Entonces era ya un homo muy viejo y sólo quería, como solemos hacer es que ya somos mayores, contar las cosas del pasado. Un día le encontró muerto en su cueva. Con ramas y piedras la cerró y sólo de viejo se atrevió a contar su historia. Es así como ésta ha pasado de padres a hijos a nuestra familia.

Era hora de trabajar. Vicent y Batiste se pasaron todo el día replegando aceitunas y poniéndolas en las alforjas de la haca, deshicieron el camino de la mañana cuando el sol empezaba a bajar por el Benicadell. La cara atormentada de piedra, fósil de otros tiempos les miraba amenazadora. Batiste se dio la vuelta y sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Vicent al ver el estremecimiento del novio le dijo: –Hay que aprender siempre de las historias del pasado. De una forma u otra el mal no debe ganarnos nunca y quien la hace, más bien o más tarde, la pagará.

¿Y es tesoro, papá? Si lo encontráramos seríamos ricos.
—Es oro maldito, hijo. Su riqueza que viene del mal siempre contamina el alma. Quien lo toque se verá atrapado peso mal. Nunca quieras la riqueza que viene del maligno. Nos nosotros dediquemos a sus aceitunas ya tus almendros que son nuestro trabajo y con ello nunca hemos hecho daño a nadie.

El ruido rítmico de la haca se perdió por los peñascos gigantes de la vertiente sombría de la sierra de la Foradada entre las que el caminito bajaba hacia el pueblo. Pasado el camino que viene de la Carroja encontraron a Antoni Ponsell acompañado de un forastero elegantemente vestido. Mientras ellos hablaban el hombre escuchaba y observaba atentamente: –Es Josep Antoni Cavanilles, un sabio de Valencia. Está visitando todo el Reino para escribir un libro, me ha dicho.

El humo de los hogares flotaba en el valle invitando a padre e hijo a volver pronto a casa. La Gallinera parecía que siempre hubiera sido un lugar de paz.
CREDITOS
  • REDACCIÓN: Jorge García Polop  Copyright ©
  • FOTOGRAFÍA DE PORTADA: Generada IA - GEMINI ® 
  • PUBLICADO EN: Publicado en el libreto de la Falla Mártires 2019
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  • TITULO DE LA PUBLICACIÓN: El dimoni de la Foradada. ®
  • FECHA DE LA PUBLICACIÓN: marzo 18, 2019 
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TEXTOS: Jorge García Polop © | El dimoni de la Foradada | Copyright ©️